miércoles, 2 de noviembre de 2016

Pero todavía respiro

Dejé el celular cerca para ver si escribías. Caminé perdido en tu oscuridad. Por un tiempo tuve que dormir con la luz prendida. Dejé la puerta entreabierta, esperando que simplemente volvieras.
Estoy tejiendo una soga y quitando de mi mente los recuerdos que estorban.

Llamé tú atención, enviando todas las señales, pero el reloj no se detiene. 
Ya te esperé otras cincuenta y dos semanas. Es extraño como te conozco, pero no sé nada de vos. Seguís siendo único. Seguís teniendo todo de mi.


Prepará un discurso; decí algo divertido, decí algo dulce. Pero no digas que me amaste.

Pero todavía respiro, a pesar de todo lo que hemos sido. Estuvimos muertos por un tiempo. Esta enfermedad no tiene cura. Ahora estamos seguros: el uno del otro, el uno sin el otro. Ya caímos desde muy alto, perdimos el agarre. Mejor abandonar el barco.

Tal vez era demasiado feo. Tal vez estaba demasiado gordo. Tal vez querías algo mejor. Mejor suerte fuera del charco, de la educación no formal, de mis excesivos cuidados.

Juré de manera apresurada, pero lo juré: y me juraste no volver a mirarme, y también lo hice. Y lo hicimos por última vez.
Y a mi no me importó, porque estaba enamorado.

Así que mientras escribo esta carta y dejo en ella mi última lágrima, intento convencerme, como cada día, que esto es lo mejor. Que todo terminó en nosotros de la misma manera que comenzó hace un año. Que mañana todo vuelve a empezar.


Vamos a cerrar este capítulo.

Decí una última oración. Pero no digas que me amaste...

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